martes, 23 de octubre de 2012

LA GLORIA DE LA SABIDURÍA DE DIOS

 
 

TEXTO: 1 REYES 10.


1. INTRODUCCIÓN.


La figura de Salomón siempre ha sido considerada el paradigma del ser humano que recibe todo
de Dios y que con el paso del tiempo dilapida el caudal de las bendiciones de Dios en pro de sus
deseos más caprichosos, pero que al final de su existencia realiza un balance que reconoce la
insensatez y la vanidad de los anhelos puramente carnales y materiales. En esta ficha de lectura de 1
Reyes 10, incidiremos principalmente en esa primera etapa de gloria, bonanza económica,
prosperidad y exhibición de lujos y conocimientos
(4:34).

El contexto más inmediato en el que podemos ubicar este relato bíblico habla de la instauración
en el trono de Israel de Salomón tras la muerte de su padre David
(2:10-12). Al ver Dios que Salomón se conducía con temor reverente y de manera obediente a los estatutos divinos, le concede la posibilidad de pedir un deseo
(3:1-5). Salomón entiende entonces que lo que deba demandar de Dios no habría de redundar en un beneficio personal y solicita sabiduría y discernimiento para conducir a un pueblo numeroso y esperanzado
(3:6-9). Esto agrada a Dios, ya que ve como las prioridades de Salomón se dirigen al bienestar de su nación. Por ello, además de ciencia, brinda al rey Salomón riquezas y fama como a nadie le fue dada sobre la faz de la tierra
(3:10-14). Reseñar además que esta porción de historia bíblica también se relata en
2 Crónicas 1:14-17 y 9:1-28.

No todo iría de perlas en la vida de Salomón, ya que a partir del
capítulo 11, las sombras que acompañan al orgullo y a la necedad engullirán el refulgente brillo de la gloria precedente. Sin embargo, en esta ocasión valoraremos las luces de un reinado incipiente y bien dirigido. Dividiremos este breve comentario en tres partes bien diferenciadas y terminaremos con una
conclusión aplicativa y actualizadora.

a. Una fama de ecos lejanos (10:1-13). Hablaremos de cómo los dones concedidos por Dios
a Salomón atraviesan fronteras hasta llegar a lo más lejano de la tierra, y de cómo la
prosperidad divina hace testificar a los idólatras sobre la bendición de Dios.

b. El exceso como resultado de la abundancia de gloria (10:14-25). Discutiremos acerca de
lo que provoca el nadar en las riquezas y en el efecto que puede llegar a tener sobre el carácter
humano ejemplificado en Salomón.

c. La ambición que sobrepasa a aquello que es suficiente (10:26-29). Salomón no se
conforma con lo que recibe voluntariamente de sus vasallos, sino que se dedica a negociar
para alcanzar mayores dividendos con el fin de subyugar a otras naciones económicamente.

2. UNA FAMA DE ECOS LEJANOS (10:1-13).


Siempre suele ocurrir que cuando alguien ostenta un determinado nivel de riquezas o de un
estado espiritual y sapiencial, el mundo entero desea constatar esa realidad con sus propios ojos. La
fama de Salomón llegaba a todos los rincones del mundo conocido, y su capacidad de
discernimiento viajaba de boca en boca, entre los soldados, los comerciantes, los dignatarios y los
sabios. Por ello, no es extraño que alguien como la reina de Sabá tuviese noticias de alguien tan
notable. Presumiblemente ella también era considerada una prudente y erudita monarca en su tierra,
enclavada en lo que actualmente conocemos como Yemen, a unos 2.500 kilómetros de distancia. La
cultura oriental además gustaba de participar en duelos dialécticos y en adivinanzas, con el fin de
destacar el gran conocimiento de ciertos individuos. Un ejemplo de ello de manera remota lo
hallamos en la persona de Sansón
(Jueces 14:10-19). La reina de Sabá hizo acopio de todas las cuestiones más difíciles y complicadas que pudiese hallar y determinó conocer en persona a Salomón, y así averiguar si los rumores eran reales o simples bulos
(v. 1).

La comitiva que se dirigió a Jerusalén sin duda dio que hablar a todos cuantos veían pasar este
gran caravasar por sus territorios. Atravesando Arabia y el Neguev, y tras varias semanas de
travesía, llegó la reina de Saba sin perder un ápice de su esplendor. Todos los presentes que la
acompañaban eran dignos de un gran monarca: especias (heb.
bosem), oro (alrededor de 3500 kilogramos) y piedras preciosas, por lo que la guardia personal que velaba por la seguridad del séquito era bastante numerosa, casi un pequeño ejército. Tras las presentaciones de rigor y dar cumplimiento al protocolo real, la reina de Sabá abre su corazón a Salomón, preguntando sin cesar por la solución de todos aquellos enigmas y misterios que tan concienzudamente había elaborado para probar la sapiencia del rey
(v. 2). Las respuestas fueron directas, apropiadas, sensatas y nada hubo que se dejase de contestar. Así pudo la reina corroborar todos los extremos de la fama de Salomón al ser satisfecha en la resolución de problemas y dudas
(v. 3).

No solo el abrumador conocimiento de todas las cosas la fascinó, sino que al contemplar la
magnificencia de las habitaciones reales, del cuidado meticuloso de sus súbditos y de la honra que
Salomón tributaba a Dios en el Templo, solo le queda exclamar con admiración y gozo que estaba
sobrepasada por la realidad que eclipsaba los comentarios que ella había recibido en su remota
tierra. Bendice a todos los que han podido gustar y apreciar diariamente la prudencia, sensatez y
sabiduría de un rey tan imponente y equitativo
(vv. 4-8).

Lo más importante de todo esto tiene además que ver con la expresión
“la fama que Salomón había alcanzado para honra de Jehová” (v. 1)
. Es a través de esta idea que podemos comprender la declaración que surge de labios de la reina de Sabá
(v. 9). Su trasfondo probablemente pagano no impide que con regocijo sepa ver de qué manera Dios está actuando en la vida de Salomón y en el devenir del reino de Israel. La fama de Salomón únicamente tributa gloria a Dios. Es una especie de protoevangelismo, de afirmación de una realidad divina en medio de una nación en particular que promete salvación y prosperidad en el futuro
(Génesis 22:18). Por boca de una infiel, Dios da a conocer el amor que Él siente hacia su santa nación y de la provisión justa y bondadosa con que cubre a Su especial tesoro
(8:41-43).

Este acontecimiento de la visita de la reina de Sabá es recogido en el evangelio según Mateo
como un acto revelador del juicio sumario que Dios efectuará sobre el pueblo judío. Los judíos del
tiempo de Jesús demandaban de él una señal, como si no hubiesen sido suficientes las que ya había
realizado en medio de ellos. La respuesta indignada de Jesús transmite el concepto del juicio por
parte de aquellos pueblos y gentes que aún no formando parte de la nación escogida de Dios, sin
embargo logran arrepentirse ante la predicación profética o son capaces de ver la mano de Dios en
la sabiduría de sus siervos, como es el caso de la reina de Sabá acudiendo a la llamada de la fama de
Salomón
(Mateo 12:39-42). Jesús es mayor que su antepasado aunque la generación hipócrita y
adúltera no supiera verlo como el Mesías, el Hijo de Dios encarnado.

La exquisitez de las hechuras de los instrumentos que se consagraban a Dios y los materiales que
brindaban un aroma embriagante traidos de tierras auríferas, convertían los regalos de la reina de
Sabá en nada, en fruslerías que no rivalizarían nunca con el oro y el sándalo de Ofir
(vv. 10-12).
Ante tal abundancia de riquezas, Salomón podía permitirse conceder a la reina todo aquello que
fuese de su agrado, y así hizo para que el nombre de Dios y de Salomón fuesen ensalzados en los
dominios de Sabá como sinónimos de gloria, sabiduría y justicia. Podríamos decir que esta reina,
sin quererlo, se convirtió en una especie de misionera en los confines de la tierra
(v. 13).

3. EL EXCESO COMO RESULTADO DE LA ABUNDANCIA DE GLORIA (vv. 14-25)


La exhuberancia del lujo suele aparecer cuando se desbordan los ríos de la fama y del nombre
entre las naciones vecinas. Es por esta razón que encontramos cifras exorbitantes y monumentos a
la dignificación real, amén de la realización de caprichos y deseos sin un fin ulterior de practicidad
y utilidad, pero que deslumbran a todo aquel que visita los dominios de Salomón. Así, hablamos de
una renta anual aportada por cánones, impuestos y cargas de súbditos y pueblos sometidos, que
equivaldría actualmente a 21.978 kilogramos de oro, una cantidad prohibitiva y casi mítica. Si esto
ya es de por sí increíblemente abrumador, hemos de entender que solo era una pequeña parte de un
todo que procedía de otras naciones tan lejanas como las arábigas
(vv. 14-15). Algunos comentaristas quieren ver en Salomón a aquel hombre rico de
Lucas 12:13-21, que acapara y acapara sin medida.

Era tal la abundancia de oro que Salomón resuelve utilizar una parte considerable de él en
fabricar doscientos escudos grandes de oro batido en los que empleó 6,600 kilogramos por cada
uno, lo que hace el monto total de 1.320 kilogramos de oro. Luego hizo otros trescientos del mismo
material de casi un kilogramo, empleando 300 kilogramos más de oro
(vv. 16,17). En este momento no podía hablarse de despilfarro dada la facilidad que el reino tenía de recabar estas formidables cantidades del aúreo metal. Todos estos escudos fueron colocados en la armería real más conocida como “
Bosque del Líbano”, por su construcción casi íntegramente de cedros libaneses (7:2-7).

El trono de un rey debe proclamar a viva voz la clase de persona que se sienta en él. Por esta
razón, la factura de este solio rezuma poderío, majestad y autoridad. El marfil brillante y resistente
recubierto de pan de oro de alto aquilatado, la altura de su ubicación y la prestancia y ferocidad
simbólica de los leones que habían a ambos lados del sitial, querían decir a las claras que el rey era
alguien que temer, respetar y obedecer. Los doce leones que vigilaban con sus ojos tallados cada
movimiento del soberano, rugían el nombre de Judá, de donde provenía la estirpe davídica
(vv. 18-20)

.

La plata, metal tan apreciado siempre en todas las culturas, había visto colapsado su valor por la
prodigalidad en el uso del oro como material elegido para la fabricación de utensilios de uso
cotidiano como copas, platos, cubiertos, etc... El auge comercial y la posesión de una flota bien
pertrechada en Tarsis que viajaba por toda la ribera del Mediterráneo, propiciaba la importación de
las más extrañas criaturas y de los bienes más valiosos que se pudiesen encontrar en el mundo
conocido
(vv. 21,22).

Dios había cumplido Su palabra y Sus promesas de prosperidad en tanto en cuanto Salomón
permanecía en los caminos de su padre David, obedeciendo y adorando a Dios de manera exclusiva.
La paz habitaba en la tierra, ya que la sabiduría y la equidad de Salomón apaciguaba los exaltados
ánimos de sus vecinos y les otorgaba consejo y asesoría para sus asuntos domésticos. Como muestra
de agradecimiento, aquel que buscaba una respuesta a sus cuitas y dudas, no dudaba en regalar lo
que estimase digno de un rey tan sabio e irrepetible como Salomón
(vv. 23-25).

4. LA AMBICIÓN QUE SOBREPASA AQUELLO QUE ES SUFICIENTE (vv. 26-29)


Salomón no solo recibía regalos y gravámenes de sus conciudadanos, de otros pueblos y
naciones, sino que también supo emplear estratégicamente sus vastos conocimientos con el fin de
comerciar con bienes de valor tan enorme como eran los caballos de pura raza que se criaban en
Egipto. Seguramente impondría aranceles en el transporte que atravesara los dominios de Israel.
Esto demuestra que el rey Salomón no se conformaba con lo que recibía y que ambicionaba mayor
gloria y riquezas para dar rienda suelta a sus deseos y a sus caprichos más descocados. Salomón es
un ejemplo de esplendor y magnificencia incomparables al compararlo con los lirios del campo, las
flores más sencillas que crecían en los campos de Palestina
(Mateo 6:29; Lucas 12:27).

Sus ejércitos garantizaban la protección real y la paz del reino, creando acuartelamientos en
lugares prominentes y fácilmente defendibles entre los que se encontraba Jerusalén
(v. 26). La “nobleza” de Jerusalén acrecentó su fortuna a la sombra de la corte, de tal modo que abundaba la plata y el cedro en las casas de los habitantes más renombrados
(v. 27). Una red de comerciantes y una ruta bien cuidada daban lugar a un flujo comercial con Egipto
(vv. 28,29), una de las naciones más importantes de la época y con la que entabló alianzas casándose con una de las hijas del faraón (3:1)

.

Sin duda alguna, Salomón fue amasando un verdadero tesoro que continuamente iba aumentando
en la misma medida en la que su sabiduría especial reconocía las oportunidades de negocio y
explotaba una ambición en un primer estadio exclusiva del crecimiento económico y de la
construcción de un estado de bienestar para con sus súbditos, los cuales estaban exentos de trabajar
duramente
(9:20-22).

5. CONCLUSIONES .


Tras estas sucintas reflexiones sobre este texto, podemos extraer las siguientes lecciones tan
actuales en el ayer como en el hoy:

Dios actúa a través de los dones que nos confiere por gracia para ser de testimonio
a aquellos que no le conocen personalmente.

A través de nuestro testimonio y de nuestra sabia administración de los dones
espirituales, personas que no han tenido una relación personal con Cristo, pueden
llegar a exaltar y alabar al Dios que predicamos con nuestro ejemplo y conducta
éticamente cristiana.

La prosperidad que Dios ofrece al creyente acompaña a la obediencia y
sometimiento a Dios.

Lo material puede llevar al ser humano, e incluso al creyente, a apartarse de los
caminos de Dios para caer en brazos del dios Mammon.

La sabiduría que Dios nos concede debe ser utilizada en pro del pueblo de Dios, con
el fin último de edificar y capacitar a los hermanos en la fe.

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