jueves, 26 de julio de 2012

UNA ORACIÓN DE SANTIDAD




TEXTO: SALMO 26.
Desnudar el alma es un ejercicio que demanda valentía, sinceridad y alguien que
pueda escuchar con atención y comprensión todo aquello que se vaya a decir por
disparatado que pudiese sonar. Poner nuestra vida al descubierto nos atemoriza ya
que entendemos que no estamos limpios de polvo y paja, que múltiples defectos
plagan nuestras buenas intenciones y que al ser desenmascarados perderemos mucho
de lo que ganamos siendo otra persona. Los siquiatras y sicólogos son los
beneficiarios de esta necesidad que acucia al espíritu humano. Necesitamos
descargarnos de hipocresías y prejuicios, de mentiras y apariencias. Es higiénico,
mentalmente y espiritualmente hablando, poder contar con la confianza y el cariño de
alguien, y que ese alguien no nos juzgue a la ligera, sino que nos aconseje con amor y
paciencia.

Normalmente escogemos con mesura y meticulosidad a estas personas que no se
van a asustar de nuestras palabras y de nuestras motivaciones más primitivas. Estas
personas suelen ser a menudo completos desconocidos, terapeutas con promesas de
silencio profesional, sacerdotes con secreto de confesión o pastores reconocidos por
su discreción bíblica. Sentimos que estas personas no van a abandonarnos por ser lo
que somos en realidad, mientras que nuestros amigos quedan en un segundo plano
por miedo a perderlos si supieran de qué pie calzamos.

David, seguramente cansado de la traición del ser humano, recurre al único que es
capaz de iluminar la plenitud de su ser y de examinarlo de pies a cabeza. Dios se
convierte de esta manera en el depositario de sus pensamientos, de sus días y de sus
emociones. Dios deviene en Aquel que no solo escucha con gran atención, sino que
juzga, escudriña y examina cada fibra de nuestro imperfecto ser. David sabía que si
acudía al hombre para hallar consejo y un oido que asumiese la ardua tarea de buscar
la santidad que Dios demandaba, solo encontraría envidias y odios.

A. UN DESEO POCO COMÚN: DESNUDAR EL ALMA.

“ Júzgame, Jehová, porque yo en integridad he andado; he confiado asímismo
en Jehová sin titubear. Escudríñame, Jehová, y pruébame; examina mis íntimos
pensamientos y mi corazón, porque tu misericordia está delante de mis ojos y
ando en tu verdad.” (vv. 1-3)

Es un acto de coraje inmenso poder declarar con tanta rotundidad lo anterior. A
Dios nada se le escapa en el momento de analizar el contenido de nuestras vidas.
David confiaba ciegamente en el Señor de tal manera que podía apreciar la buena y
justa voluntad de Dios. El camino que transitaba era un camino de rectitud, de fe
contínua y completa en el Señor. Y en este pedregoso, angosto y difícil sendero,
David podía apelar, no solo a la comprensión divina, sino a su justicia. Sabía que
Dios, al pesar su corazón podía hallar obediencia, humildad y santidad.

Cuando acudimos a Dios en oración, la santidad de vida ocupa un lugar relevante.
Presentarnos ante el Santo de Israel con manos limpias y corazón entregado al
servicio de Dios, es la sensación más reconfortante que un hijo puede recibir.
Contemplar como nuestro Padre se agrada de nuestros actos, palabras y
pensamientos, como sonríe al ver como la obra santificadora del Espíritu Santo da
frutos, es como rozar el cielo con nuestros dedos.

La verdad y la misericordia de Dios nos acompañan en este viaje a la eternidad.
David aquí no pretende decir que es perfecto, que todas sus intenciones son puras e
intachables. Lo que su alma desea es que ante la imagen amorosa de la compasión de
Dios y de las pisadas que lo conducen a la libertad que brinda la verdad, pueda ser
perfeccionado y transformado a la imagen de su Señor. Al igual que David, anhela
algo que no muchos cristianos suelen hacer ante Dios: desnuda tu ser, tu alma y tu
espíritu para recibir de Él la medida necesaria y sabia de santidad y transformación a
Su semejanza.

“ Examíname, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos.
Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno.” (Salmo
139:23,24)

B. UNA CONDENA DE LA MALDAD Y LA MENTIRA.

“ No me he sentado con hombres hipócritas, ni entré con los que andan
simuladamente. Aborrecí la reunión de los malignos y con los impíos nunca me
senté... No arrebates con los pecadores mi alma ni mi vida con hombres
sanguinarios, en cuyas manos está el mal y cuya diestra está llena de sobornos.”
(vv. 4,5,9,10)

Ante las falsas acusaciones que muchos perpetraban contra David, y como
contraste con la clase de vida que Dios ve con agrado, se sucede una retahila de
personajes cercanos a su corte. Tras un tiempo, había podido leer en cientos de
rostros y miradas la maldad en sus múltiples expresiones. Nos habla de hipócritas,
personas que fingen en público tener ciertas ideas o sentimientos, pero opinando o
sintiendo en realidad otros distintos y contrarios. También aparecen los simuladores,
personas que se hacen pasar por otras con el fin de mentir o decir embustes en
perjuicio del prójimo aparentando ser veraces. Los malignos son aquellos que tienden
constantemente a pensar o a hacer el mal para infligir heridas mortales de necesidad.

Los impíos no se quedan cortos: crueles y sin compasión, son capaces de todo por
lograr sus más retorcidos objetivos. Los pecadores hablan de personas cuyos actos no
solo son nocivos para el prójimo sino que son aborrecidos por Dios al ir en contra de
Su voluntad. La violencia y el morboso deseo de contemplar la muerte de sus
adversarios acompañan a los sanguinarios, que no se conforman con odiar, sino que
toman cartas en el asunto de manera personal. Por último, los hombres sobornables,
capaces de vender a su padre y a su madre con el fin de conseguir algún bien que de
modo legal no podría tener, participando del cohecho y de la corrupción.

Si David estaba rodeado de esta caterva de malvados, podía suceder cualquier
cosa menos algo bueno. La traición y la difamación serían las armas que estos usarían
sin dudar contra él. Nosotros también nos hallamos sitiados por esta fauna oscura tan
particular y tóxica. El único modo de lidiar con esta clase de indivíduos es apelar a
una vida dirigida por Dios y examinada por Sus escrutadores ojos de justicia y amor.

¿Podemos decir como David que no hemos participado en las infructuosas maniobras
del pecado? ¿Podemos ratificar nuestra adhesión incondicional a Dios a través de
vidas saludables e intachables? Si David podía hacerlo, nosotros también podemos
hacerlo, pidiendo del Señor una llenura de Su Espíritu que haga de nuestras vidas
ejemplos de santidad y sabiduría de lo alto.

“ Corazón perverso se apartará de mí; no conoceré al malvado.” (Salmo 101:4)

C. UN DESEO DE ESTAR EN LA PRESENCIA DE DIOS.

“ Lavaré en inocencia mis manos, y así, Jehová, andaré alrededor de tu altar,
para exclamar con voz de acción de gracias y para contar todas tus maravillas.
Jehová, la habitación de tu Casa he amado, el lugar de la morada de tu gloria...
Mi pie ha estado en rectitud; en las congregaciones bendeciré a Jehová.” (vv. 6-8,
12)

Purificados de toda inmundicia podemos acercarnos al trono de la gloria de Dios.
Nuestra oración será transformada en una canción poderosa de acción de gracias y
nuestros pasos antes arrastrados y apesadumbrados por los ataques virulentos del
enemigo, danzarán con gozo inmenso. Nuestra lengua se desatará deleitosa al trovar
las grandes hazañas de nuestro Dios, y nuestros ojos brillarán al recordar de qué
maneras y en qué circunstancias nos ha librado del mal.

Un formidable deseo reinará en cada pensamiento: amar la presencia de Dios.
Cuando oramos a nuestro Creador, hemos de ser conscientes de que no hay nada en el
mundo que nos pueda llenar de satisfacción y alegría, sino estando ante el trono de la
gracia divina. En nuestras plegarias, un suspiro de alivio, paz y sosiego habla más
fuerte que mil palabras engarzadas en una gran retórica. Estamos con Él y Él con
nosotros. Eso nos basta. Caminando, trabajando, leyendo, durmiendo, pensando: Él
es nuestra delicia y Su gloria nuestra habitación y casa. Es como poder vislumbrar un
rayo de luz en medio de las tinieblas de este mundo superficial y vil. Tras confesar
nuestro amor y dedicación a Dios y tras condenar el pecado, solo queda descansar y
abandonarse en los brazos fuertes y dulces de nuestro Dios.

“ Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16)

CONCLUSIÓN.

“ Pero yo andaré en integridad; redímeme y ten misericordia de mí.” (v. 11)

David no consideraba que su andar hubiese terminado. Al hacer balance de su vida
en términos pretéritos, no olvida que aún queda mucho tramo que correr antes de
alcanzar la meta. No se conforma con decir que es una buena persona y que vive
siempre en rectitud, sino que también es consciente de que en un momento dado
puede meter la pata, equivocarse y mandar al traste todo lo conseguido. Él mejor que
nadie sabía que un hecho codicioso podía derrumbar por completo una vida de
santidad. Por eso, en su oración hace una promesa al Señor: seguir firme en el
consejo de Dios, pedir perdón y salvación por los pecados futuros y apelar a la
compasión de Dios en los momentos más oscuros de su existencia.

Nosotros estamos en su misma situación. No debemos darnos palmaditas en la
espalda creyendo que lo que teníamos que hacer para el Señor, ya lo hemos hecho.
Aún queda mucho trecho y muchos baches y obstáculos que salvar en nuestras vidas.
Pero nuestro Señor se apiadará de nosotros para que nuestros vacilantes pasos se
conviertan en huellas santas que otros puedan seguir hasta alcanzar la suprema meta
de todo creyente: ser santos como Dios es santo.

“ Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.”
(Hebreos 12:14)

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