martes, 10 de abril de 2012

LA CHISPA DE LA TRAICIÓN (MIÉRCOLES DE PASIÓN)




TEXTO: MATEO 26:14-16.

por Emilio J. Cobo

La traición es uno de los peores tragos que cualquier persona tiene que pasar en la vida. Y digo
“tiene”, porque no hay nadie en este mundo que no haya sido, bien víctima o bien verdugo, en
cuestiones de felonía. Muchos hemos tenido que ver con lágrimas en los ojos como personas
amadas y en teoría fieles, han destruido nuestra fe y nuestra confianza en la amistad. Muchos aún
palpamos el recuerdo de esos instantes como cicatrices de una herida que se resiente en los días
lluviosos. Muchos fuimos despertados de una realidad inequívoca: todo el mundo miente. La
fidelidad, la veracidad y la confianza ciega no son más que mitos que nos gustaría fuesen ciertos. La
traición rompe corazones, quebranta lazos de muchos años y desliza la desconfianza al comenzar
nuevas relaciones.

La traición no es un plato de buen gusto ni una experiencia deseable para nadie. Pero ahí está,
escondida tras cada buen deseo, tras cada sonrisa forzada, tras cada máscara hipócrita. Es difícil de
superar y asimilar, pero no es imposible. Jesús sufrió una espantosa traición que no solo quebró su
corazón, sino que lo llevó incluso a la muerte más dolorosa conocida. Si piensas que Judas Iscariote
fue ese traidor abominable y digno de ser odiado por toda la eternidad, estás equivocado. Sí, Judas
Iscariote cometió la imprudencia más grande y definitiva de su vida al entregar a Jesús a las
autoridades judías. Y sí, Judas eligió libremente hacerlo por avaricia, ansia de poder o por despecho.
Lo que quiero decirte es que ese traidor de Judas no estaba solo esa noche.

La traición de Judas abusó de la relación íntima y personal que gozaba de Jesús como su
discípulo para así poder cometer su repugnante crimen. La traición no proviene nunca de los
parientes lejanos, o de los conocidos, o incluso de los políticos. La traición se fragua en tu casa, en
el círculo más estrecho de tus colaboradores, en el seno de tu propia familia e incluso en el lecho
conyugal. Así nos lo demuestra la deleznable acción de Judas. ¿Has traicionado de esta misma
manera a alguien que confiaba cien por cien en tí? ¿Has roto el corazón a alguien que había puesto
toda su fe en tí? Y lo que es más, ¿eres fiel en tu relación personal con Dios? ¿cumples con toda
humildad y obediencia los mandatos de tu Padre celestial?

La vileza que llevó a cabo Judas ocurrió en la espesura de las sombras. La nocturnidad ayudó a
su alevosía, y las tinieblas confluyeron para dar el golpe de gracia a Jesús. Es precisamente en lo
oscuro de la noche donde el pecado se alza con mayor poder e influencia. La traición no es urdida a
la luz del sol, sino que adquiere su pátina tenebrosa en el secreto de los pensamientos más abyectos
del ser humano. Nadie debía ser testigo de la entrega de Jesús a sus enemigos más feroces. De otro
modo, el pueblo reaccionaría en favor de Jesús y nada podrían hacer contra él. Pero de noche, con
antorchas y armas, podrían reducir a este autoproclamado Mesías y a sus discípulos. La tentación de
traicionar a nuestros amigos, familiares y hermanos no surge de la noche a la mañana. Es como el
hormigón que necesita tiempo para fraguar pero que una vez se solidifica se torna en indestructible.
Un pensamiento lleva a otro, un deseo se contrapone a lo que es bueno y un desliz comienza a
contemplarse con buenos ojos, hasta que por fin, la traición sale caliente del horno, dispuesta a ser
servida en la lúgubre hora nocturna.

El beso de Judas ha sido y será la imagen de la traición más hipócrita. Un beso es el paradigma
del amor, del afecto y del cariño. Mas la ignominia del corazón cambia algo tan puro y casto en un
nido de víboras que muerden ponzoñosamente el corazón más entregado y confiado. La señal más
hermosa de una relación fraternal es convertida en el símbolo de la traición y la infidelidad. La
hipocresía, la mentira y la falsedad asoman tras una manifestación de ternura y candidez. Nuestros
gestos, nuestros ademanes y nuestra manera de actuar a menudo desdicen lo que anida en nuestro
interior, utilizando a los demás en nuestro beneficio. Nuestro corazón lleno de odio y pecado nos
lleva a cometer pérfidos actos carentes de espíritu y significado. Sonreimos sin sonreir, adulamos
para conseguir, asentimos para evitarnos problemas morales. Judas usó torticeramente un beso de
amistad para vender a alguien que siempre había mostrado su verdadero rostro, su verdadero poder
y su verdadero propósito.

La avaricia y la codicia pudieron más que el amor y la misericordia. Tres años de acompañar al
Maestro de Galilea son echados por la borda por amor al dinero. Innumerables milagros, sanidades
y exorcismos son sustituidos por el brillo de treinta monedas, el precio de un esclavo cualquiera. La
compasión de Jesús por todo aquel que se acercaba a él, no supuso una diferencia para un hombre
como Judas Iscariote, ávido de poder y riquezas. El dios Mammón lo había acogido como uno de
sus acólitos y Satanás supo escarbar en su alma para hallar su talón de Aquiles. También nosotros
nos encontramos en una tesitura paraecida. Nos volvemos tan avarientos en los tiempos felices y
prósperos que olvidamos al Dador de todo. La envidia nos corroe hasta el punto de ofrecer en
bandeja la cabeza de nuestro supuesto enemigo. Determinamos nuestras amistades por el monto
total de sus bienes o por el lugar que ocupan en el orden social establecido. No somos tan distintos
de Judas, ¿verdad?

Lo peor de la traición de Judas reside en su injusticia. Judas sabía que Jesús era inocente de
cualquier cargo del que se le pudiera acusar. No era un asesino, o un ladrón, o un sedicioso, o un
revolucionario violento. A pesar de esto, fue tratado como un delincuente peligroso, como un
terrorista de fama mundial, como la peor escoria de la historia. Judas anduvo con Jesús, escuchó sus
enseñanzas, descubrió ese amor sin límites que destilaba constantemente. Judas contempló como
Jesús actuaba justamente, sin dobleces, sin condenas. Pero lo entregó a sabiendas de que Jesús no
merecía lo que le iba a suceder. A menudo, tratamos con una dureza inusual y subjetiva a personas
que no lo merecen. Sabemos que no son culpables de nuestros errores o de lo mal que vayan las
cosas, pero clavamos sus brazos a una cruz que construimos con nuestro odio. Conocemos de su
inocencia, pero les imputamos nuestra culpa de un modo egoista y horrendo.

No, Judas Iscariote no estaba solo esa noche para traicionar a Jesús. Allí también estaba yo. Allí
también estabas tú. Allí estaba toda la humanidad habida y por haber. Entregando a Jesús a la
muerte más cruel y terrible que pudiese imaginarse. Besando su rostro con impostado afecto.
Señalando la víctima inocente de un sacrificio necesario. Estas son las malas noticias para tí y para
mí.

Las buenas son que Jesús soportó nuestra traición y la cambió por salvación y bendición al morir
en la cruz. El evangelio es que tal era su amor, que perdonó incluso nuestra hipocresía, nuestras
mentiras, nuestra avaricia y nuestra culpa. No te avergüences más de Aquel que entregó su propia
vida para lavar tu alma y así poder ser justificado ante Dios por la fe en Cristo. No vuelvas a repetir
con tu falso beso algo que Dios ya perdonó una vez y para siempre.

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